29. mayo 2026
Niños haciendo scroll
La semana pasada me pasé por cierta tienda de bricolaje que, como no me patrocina, no pienso mencionar. Solo diré que comparte nombre con un hechicero excéntrico de túnica azul y barba kilométrica que compartía piso con un búho bastante sabiondo.
El caso es que iba yo tan feliz mirando papeles pintados cuando me crucé con una pareja que debatía si en la pared de su comedor quedarían mejor las flores azules o los damascos grises.
Llevaban un carrito de bebé.
Y claro, yo no pude resistirme a asomarme para ver la carita del peque.
Pues ¿sabéis qué me encontré?
¡Un bebé haciendo scroll!
¡Haciendo scroll!
¡¡Un bebé!!
Ver la naturalidad con la que aquel niño —al que ni siquiera le habían salido todos los dientes— deslizaba su dedito por la pantalla me puso mal cuerpo.
La fina línea entre el uso y el abuso
No me malinterpretes.
Como te contaba en el anterior post, entiendo perfectamente que, en determinadas circunstancias, acabemos traicionando nuestros propios principios pedagógicos: jamás juzgaría a una madre que un día se desborda y acaba dejándole el móvil a su hijo para tenerlo entretenido un rato viendo Peppa Pig.
Pero hablamos de un día.
De un rato.
Y de un contenido adecuado y supervisado.
Sin embargo, aquello no era nada de eso.
Aquello era un hábito; incluso podría llegar a ser una conducta adictiva.
Y es que, mientras aquella criatura deslizaba un vídeo detrás de otro, tenía una expresión completamente ausente. Parecía como si el mundo entero, más allá de la pantalla, hubiera desaparecido.
Vídeos de tres segundos.
Contenido diseñado para mantenerte enganchado.
Gritos.
Colores saturados.
Diálogos absurdos.
Scroll.
Scroll.
Scroll.
Scroll.
Scroll: un gesto potencialmente adictivo
Sé que, como experta en educación emocional, quizá no debería admitir esto, pero te prometo que, al ver a ese niño caer dentro de ese pozo sin fondo, me dieron ganas de zarandear a esos padres y preguntarles qué demonios estaban haciendo.
¿Pero qué les pasaba?
¿Acaso no sabían lo perjudicial que era esa conducta para su hijo?
El scroll es un gesto diseñado para mantenernos enganchados. Nuestra mente nunca recibe la señal de "tarea terminada" porque siempre hay un video más que ver. Y eso, en un cerebro en desarrollo, tiene consecuencias especialmente importantes.
Porque la red neuronal infantil se modela en función de los ejercicios que practica de forma repetida: como los músculos en el gimnasio.
Así que, del mismo modo que alguien que entrena constantemente torso pero siempre se salta el día de pierna puede terminar pareciéndose a Bob Esponja —cuadrado por arriba, pero con patitas de jilguero—, si un niño solo entrena el “músculo” de la recompensa inmediata, sus capacidades relacionadas con la paciencia y la atención se van atrofiando. Y cada vez le resulta más difícil sostener la atención, tolerar el aburrimiento o disfrutar del silencio.
Entonces respiré hondo, miré a aquellos padres y supe que, probablemente, no tenían ni idea.
De hecho, estoy convencida de que si fueran conscientes de lo que ese tipo de contenido puede hacer en el cerebro de un niño pequeño, lo protegerían de ello con uñas y dientes.
Porque así ha sido desde que el mundo es mundo.
No es negligencia, es desconocimiento
La sociedad siempre ha normalizado cosas que parecían inofensivas… hasta que ha comprendido sus consecuencias.
Yo misma recuerdo viajar de pequeña en el coche sin ningún sistema de seguridad mientras mis padres fumaban tranquilamente con las ventanillas cerradas.
Y te lo digo de corazón: mis padres no eran negligentes. Me querían. Y hacían lo mejor que podían con las herramientas y el conocimiento que había en aquel momento.
Educar en la era de la sobreestimulación
Supongo que, de algún modo, el scroll está siendo para esta época lo que los cigarrillos fueron para los ochenta.
Vivimos en una sociedad enganchada a la estimulación constante.
Sacamos el móvil del bolsillo de forma automática cada vez que nos enfrentamos a la quietud, aunque solo sean cinco minutos esperando en una cola.
Y eso, precisamente, es lo que aprenden nuestros hijos.
Pero ¿cómo no lo vamos a hacer si vivimos desbordadas por unas exigencias loquísimas?
Tenemos que producir como si no tuviéramos hijos y criar como si no tuviéramos trabajo.
Priorizar nuestra salud física y mental, pero sin tiempo ni para mear tranquilas.
Y todo eso mientras nos dejamos la espalda en trabajos precarios, lidiamos con la culpa de no llegar a nada y, encima, criamos sin tribu.
En serio… ¿cómo vamos a renunciar a un cacharrito que nos evade de esa realidad durante un rato?
Y eso es exactamente lo que aprenden nuestros hijos.
Tomar conciencia: el antídoto a la anestesia digital
Francamente, sé que no puedo cambiar esta realidad cogiendo a unos padres por la pechera en mitad de Leroy Merlin (ups, al final he acabado diciendo el nombre).
Este tipo de cambios no nacen de la confrontación ni de la culpa, sino de la conciencia. Así que confío en que, igual que cuando comprendimos el daño que podía causar el alcohol dejamos de mojar los chupetes en coñac, cuando comprendamos el impacto que este tipo de contenido tiene en el cerebro, dejaremos de pasar horas infinitas scrolleando.
Y ahí, en esa toma de conciencia, sí siento que puedo aportar algo.
Porque quizá no podamos cambiar de golpe una sociedad entera enganchada a la sobreestimulación… pero sí podemos empezar a hacernos preguntas incómodas.
¿Qué relación tenemos nosotros con las pantallas?
¿Qué intereses que hay detrás de plataformas diseñadas para secuestrar nuestra atención?
¿Cómo afecta la hiperproductividad, el cansancio crónico y la falta de tribu al uso que hacemos del móvil?
Como ves, es un tema complejo, que merece abordarse con tiempo y pausa. Así que, en un acto de rebeldía frente a la inmediatez a la que nos hemos acostumbrado, te emplazo a retomar la conversación en próximas entradas.
Hasta entonces, me encantaría saber algo: ¿Te preocupa este tema tanto como a mí o crees que estoy exagerando un poco?
Te leo en comentarios.
Buah que fuerte, aunque viendo la educación que hay en la calle ya no me extraña tanto, porqué claro supongo yo que lo que se siembra luego se recoje, estoy de acuerdo contigo en eso de que no sabemos al limite que nos puede llevar la desesperación de los berrinches de nuestros hijos, pero que haga SCROLL!! Nos tenemos que, de vez en cuando, hacer un autoanalisis para ver la huella que dejamos en nuestros hjos y por consiguiente en nuestra sociedad, un saludo y espero que sigas haciendo este trabajo, me interesa mucho y lo explicas genial!!!
Totalmente. Creo que es importante analizarnos no solo a nosotros, sino también al contexto en el que estamos criando. Vivimos agotados e hiperestimulados, y eso inevitablemente acaba influyendo en la forma en que educamos.
Por eso creo que necesitamos buscar formas de hackear el sistema para volver a estar más presentes.
Mil gracias por tu amable comentario.