Blog
28. mayo 2026

¿Por qué les gritas a tus hijos? | Crianza consciente

Seguro que alguna vez te has oído diciéndole a tu hijo justo esa frase que tanto te dolía escuchar cuando eras pequeña… y que juraste que nunca saldría de tu boca.

Quizás, estaba desolado por algo importante para él y tú le dijiste que dejara de llorar por una tontería… o incluso le amenazaste con darle motivos para llorar de verdad.

Y lo peor es que, mientras lo haces, hay una parte de ti horrorizada que piensa:

“¿Pero por qué estoy reaccionando así si yo no quiero educar de esta manera?”

Pues hoy vamos a hablar precisamente de eso.

De por qué por muchos libros de crianza que hayas leído siguen habiendo momentos en los que te desbordas.

Y te hago un spoiler: Tiene que ver con las heridas que arrastras desde la infancia que están pidiendo atención.

El problema no son las galletas

Imagina que vas con tu hijo por el supermercado. Todo va bien hasta que llegáis al pasillo de los cereales y tu peque ve esas galletas con forma de dinosaurio. Entonces, empieza a suplicarte:

¡Mamá, cómpramelas! ¡Por fa, cómpramelas, mamá! ¡Mamá, yo las quiero!

Tú, porque sabes que tanto azúcar no le viene bien, porque tienes prisa o porque simplemente hoy no quieres, le miras y le dices: “No, cariño, hoy no”.

En ese momento... estalla el apocalipsis.

Llora, patalea, protesta… ¡Sus gritos se oyen hasta en Singapur! Tú intentas mantener la calma, pero los decibelios no dejan de subir. Y encima, se tira al suelo, te mira a los ojos rojo de rabia y te suelta: — ¡Eres mala!

Ahí sientes la presión de la gente mirándote: algunos con lástima, otros desde el juicio. Escuchas algún cuchicheo entre los carritos e incluso, quizás, alguien se atreve a darte un consejo absolutamente impertinente sobre cómo deberías criar a tu hijo.

En esas circunstancias, con el nivel de estrés disparado y tu cerebro en modo supervivencia, es absolutamente normal que te den igual la crianza respetuosa, las grasas saturadas y hasta si Leonardo DiCaprio cabía o no en la tabla. Lo único que quieres es que tu hijo se calle y que esa situación termine de una vez.

Y entonces, empiezas a preguntarte cosas como:

  • “¿Por qué se pone así por unas galletas?”
  • “¿Cómo hago para que se calme?”
  • “¿Dónde tiene el botón de off?”

Lo que nadie te cuenta sobre la crianza respetuosa

Si te das cuenta, en todas esas preguntas el foco está puesto en el niño: en su conducta y en sus emociones. Casi nunca nos preguntamos: ¿Por qué me afecta tanto que llore?, ¿Qué puedo hacer yo para no sentir esta rabia cuando me desafía? o ¿Qué narices me importa a mí lo que ese señor, que se parece a Torrente, opine de mí como madre?

Es como si diéramos por hecho que, al educar, el niño es el único que tiene algo que aprender o gestionar… y que el adulto es una especie de robot que ni siente ni padece, que lo sabe todo y que está programado para actuar siempre de forma adecuada.

Pero la educación no es una transacción entre una persona y un robot. Es una relación entre dos seres humanos: un niño y un adulto. Y en esa relación, ambos tienen sus propias experiencias, emociones y desafíos. Por eso, si queremos criar desde el respeto, debemos ampliar el foco y tomar en cuenta las necesidades emocionales de ambos. Porque la crianza consciente no consiste solo en respetar las emociones y necesidades del niño. También implica aprender a respetar las del adulto.

Nadie dijo que criar desde la conciencia fuera fácil

¿Significa eso que el niño y el adulto ocupan el mismo lugar?

Evidentemente, no.

Entre ambos existe una asimetría necesaria. Tú eres la adulta y, por lo tanto, tienes la responsabilidad.

Pero ojo: ser un adulto responsable no significa ser perfecto. Significa comprometerse con el bienestar de ese niño… incluso cuando eso implique hacer cosas incómodas. Y no me refiero solo a poner límites o establecer rutinas, sino a cosas que escuecen bastante más: atrevernos a mirar nuestras propias sombras y cuestionar lo que dábamos por sentado.

Dicho de otro modo: para convertirnos en adultos responsables, tenemos que estar dispuestos a sanar a nuestro niño interior.

Sé que esto de “sanar al niño interior” puede sonar bastante místico, incluso un poco magufo. Pero en realidad hace referencia a algo muy terrenal y fácil de entender (aunque no tanto de llevar a la práctica). En esencia, implica tres pasos:

  • Identificar las heridas y patrones que arrastramos desde la infancia.
  • Entender cómo siguen afectando hoy a nuestra forma de reaccionar y relacionarnos.
  • Aprender maneras más sanas de gestionar nuestras emociones y nuestros vínculos.

Volvamos al pasillo de las galletas...

Imagina que esa madre fue criada por unos padres extremadamente pendientes del qué dirán; unos progenitores que le hacían sentir constantemente que estaba haciendo el ridículo. Casi sin darse cuenta, creció aprendiendo que ser juzgada por los demás era algo terrible. Se convirtió en una adulta obsesionada con agradar, incapaz de poner límites por miedo al rechazo y con la sensación constante de tener una lupa encima.

Así que, cuando su hijo monta una escena en el supermercado, no solo se activa el estrés del momento. Se activa toda su herida de infancia relacionada con el juicio, la vergüenza y el miedo a ser una "mala madre". ¿A quién le extraña entonces que termine gritando más que el niño o metiendo las dichosas galletas en el carro solo para acabar con el numerito?

No podemos caer en la ingenuidad de reducir todas nuestras reacciones a los traumas de la infancia; el cansancio, el estrés diario o la falta de apoyo influyen muchísimo. Pero esas heridas amplifican lo que sentimos. Y si queremos responder con más calma, no nos queda otra que hacernos cargo de nuestras propias sombras.

Y repito: eso escuece. Y mucho.

Nos obliga a reinterpretar nuestra propia historia, a resignificar cómo nos criaron y a aceptar que habíamos confundido mecanismos de supervivencia con rasgos de nuestra personalidad. A veces tenemos superinteriorizado que somos personas “muy sensibles”, “muy complacientes” o “muy controladoras”. Pero cuando rebuscamos en las tripas, descubrimos que solo somos niñas heridas intentando sentirse queridas, seguras o suficientes. Atravesar eso despierta mucha confusión, miedo, dolor y una profunda sensación de duelo.

Cuando tu niño interior toma el mando

Llegados a este punto, entiendo que estés pensando: “Vale, Almudena, todo esto es muy profundo y catártico… pero ¿de qué me sirve cuando mi hijo lleva cuarenta minutos llorando por unas galletas Dinosaurio?”

Pues sirve para algo fundamental: para que en ese pasillo del súper haya, al menos, un adulto.

Hacerte cargo de tus patrones limitantes evita que sea tu niña herida la que tome el mando y que sientas la rabieta de tu hijo como un ataque personal o una humillación. Te permite, al fin y al cabo, ayudarlo a regularse en lugar de desregularte con él. Evita transmitirle los miedos que tú aprendiste y te permite ofrecerle una versión de ti mucho más sana, consciente y en paz.

No va a ser fácil. Este no es un proceso lineal en el que sigues tres pasos y te conviertes en un maestro zen. Habrá momentos en los que tu niña herida volverá a tomar el mando y, probablemente, en algún punto necesites pedir ayuda. Pero incluso cuando sientas que has retrocedido, el simple hecho de mirarte con honestidad y compasión ya te está convirtiendo en una madre más presente.

Y es que criar desde la consciencia no significa no perder nunca los nervios ni ceder alguna vez solo para que nuestro hijo se calle.

Somos humanos y, por supuesto que vamos a equivocarnos muchas más veces de las que nos gustaría.

Pero eso no nos va a hacer malas madres para nuestros hijos.

Tu hijo no necesita una madre perfecta

Los niños pueden sobrevivir a que un día pegues un grito o a que les digas que ‘no’ a algo que desean con todas sus fuerzas. Sin embargo, no pueden crecer sintiendo que, cada vez que se desbordan, su adulto de referencia también se rompe. O peor aún: que se convierte en otro niño más compitiendo por tener la razón.

Por eso, sanar a tu niña interior es, en el fondo, un acto de amor. De amor propio, pero sobre todo de amor hacia tus hijos. Es decirles en silencio:

"Tranquilo, que yo me encargo de mi dolor, de mis miedos y de mis sombras para que tú no tengas que cargarlos. No te preocupes, que yo me ocupo de ser la adulta, para que tú puedas permitirte el lujo de ser, simplemente, un niño".

Y ahí, justo ahí, es donde empieza una crianza responsable y respetuosa.

Y ahora te toca a ti reflexionar: ¿Hay alguna frase o patrón que te descubres repitiendo en el día a día y que te gustaría romper? ¡Cuéntame en comentarios, te leo!

Y, sobre todo, si crees que este post puede ayudar a otra familia, compártelo. Guardar o difundir este contenido ayuda a que la crianza consciente llegue a más hogares.

Nos vemos muy pronto aquí, en Crisálida Project, para seguir charlando sobre educación emocional, crianza consciente y el poder de los cuentos infantiles.

    Volver

    Deja una respuesta

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

    Este campo es obligatorio

    Este campo es obligatorio

    Este campo es obligatorio

    Se ha producido un error al enviar tu mensaje. Por favor, inténtalo de nuevo.

    Comprobación de seguridad

    Código captcha inválido. Inténtalo de nuevo.

    Information icon

    Necesitamos su consentimiento para cargar las traducciones

    Utilizamos un servicio de terceros para traducir el contenido del sitio web que puede recopilar datos sobre su actividad. Por favor revise los detalles en la política de privacidad y acepte el servicio para ver las traducciones.