Almudena Díaz Valero,
pedagoga,
escritora
y creadora
de Crisálida Project.

Hola :)
Me llamo Almudena y aunque hace años que me dedico en cuerpo y alma a la pedagogía consciente, mi carrera profesional empezó vendiendo teléfonos en una tienda.
Me embarqué en el sector de las telecomunicaciones con apenas diecinueve años y muchísima ilusión. Y es que una, que de idealista a veces peca de ingenua, se creyó eso que decían los anuncios: que las compañías de telefonía se dedicaban a conectar a las personas.
No tardaría mucho en descubrir que la realidad del negocio poco tenía que ver con aquella imagen tan romántica que se vendía en televisión.
A decir verdad, no hacía falta ser demasiado perspicaz para darse cuenta. Incluso nuestros jefes nos reprendían sin ningún pudor cuando dedicábamos tiempo a ayudar a alguien si no iba a terminar comprando.
Así que, cuando una persona llegaba a la tienda con un teléfono que no funcionaba o una factura mal cobrada, muchos trabajadores terminaban derivándola a otro sitio… donde otros compañeros, sometidos a la misma presión, la volvían a derivar de nuevo.

Y así era como los clientes quedaban atrapados en un bucle infinito de frustración e indiferencia.
Con esas mimbres, no era de extrañar que muchas personas llegaran a la tienda enfadadas, a la defensiva o con muy malas formas.
Los gritos eran el pan nuestro de cada día y los ‘por favor’ parecían haberse perdido en medio de un mar de reclamaciones que nadie tramitaría y de números de referencia que, en realidad, no referenciaban nada.
Pese a todo, yo siempre atendí con una sonrisa a todas las personas que llegaban a mi mostrador. Las escuché con atención, intenté que se sintieran comprendidas y las ayudé en todo lo que estuvo en mi mano. Aun a riesgo de que mis superiores se molestaran.
La amabilidad fue mi pequeña rebelión.
Fue así como, entre contatos y facturas, descubrí que solo hacía falta un poco de calma, empatía y respeto para que quienes entraban a la tienda lanzando sapos y culebras por la boca, acabaran yéndose tranquilos, agradecidos e incluso dándome un abrazo.
Ante esa revelación, me obsesioné.
Porque si algo tan simple como la interacción entre una dependienta y un cliente podía transformar por completo el estado emocional de una persona… quizá el mundo entero podría cambiar si aprendiéramos a relacionarnos desde la empatía en lugar de desde la indiferencia.
Aprender a relacionarnos: esa era la clave.
Porque nos pasamos media vida memorizando fórmulas matemáticas y fechas históricas… pero nadie nos enseña a gestionar lo que sentimos, a comunicarnos con respeto ni a tratar a los demás con humanidad. Nadie nos enseña, al fin y al cabo, a vivir de manera consciente.
Esa fue la razón por la que decidí bajar la persiana y dedicar mi vida a la Pedagogía.
Me matriculé en la Facultad de Educación pasados los treinta, cuando algunos decían que ya era demasiado tarde.
¡Qué absurdo!
Estudiar aquella carrera fue una delicia.
Aprendí mucho sobre teorías, técnicas, metodologías y modelos educativos.
Pero, sobre todo, entendí que cada pedagogo necesita encontrar su propio lenguaje. Su forma única de conectar con el alma humana para plantar en ella la semilla del cambio.
Y la mía siempre fueron los cuentos.

Porque yo no quería educar desde la teoría, sino desde la emoción, el vínculo y la creatividad.
Porque no quería ofrecer certezas, sino despertar la conciencia, la intuición y las preguntas.
Pero, sobre todo, porque ya desde muy pequeña, cuando soñaba con convertirme en escritora, los cuentos siempre fueron para mí un refugio. Y quería compartir ese lugar seguro con todo aquel que se sintiera vulnerable.
Por todo aquello, terminé convirtiéndome en la creadora de Crisálida Project. Un refugio, en el que espero que, como en aquella tienda, cualquier persona que llegue herida o desbordada… salga reconfortada y más tranquila.
En él te espero con las mismas ganas de ayudar que tenía detrás de aquel mostrador, pero con el bagaje que he adquirido, como pedagoga, tras años de formación y experiencia en educación emocional, desarrollo humano, acompañamiento familiar y crianza consciente.
Porque para mí, lo importante
siguen siendo las personas.